lunes 15 de junio de 2009

El bastón mágico

Hacía un sol abrasador pero ya me había acostumbrado al calor seco de África que era, a pesar de todo, mucho más soportable que el húmedo calor europeo.
Caminaba a paso firme y seguro hacía la salida de la tribu. Como siempre que me iba, la gente me sonreía al pasar y los niños me cogían de la mano esperando que les contara alguna historia de aquellas lejanas tierras del norte de las que procedía.
Sonreí y saludé de nuevo a modo de despedida al brujo de la tribu, del que no puedo decir que comprendiera todo lo que hacía, pero que sin duda alguna, algo tenía en su mirada clara y serena que siempre me hacía sentir incómodo, como si no hubiese ninguna cortina entre su mente y la mía. La frase de "todo el mundo oculta algo" parecía no tener significado para este hombre de sonrisa enigmática.
-Toma este bastón.-Me había dicho un minuto antes- Te ayudará al caminar y te hará ver que el camino es el comienzo de tu destino. Camina y el mundo se abrirá a tus pies.
Había dicho esto último con un extraño brillo en los ojos antes de despedirse. Nunca antes lo había visto así.
Crucé el cierre de barro de la tribu y me paré un segundo. Miré mis mocasines de búfalo desgastados de caminar, ajusté la correa de mi alforja que cruzaba mi pecho desnudo y tostado al sol después de meses viviendo en África y sonreí para mis adentros. Si alguien de occidente viese a un blanco con barba, moreno por el sol, cuya única vestimenta era una especie de taparrabos con algunas piezas de cuero que cubrían media pantorrilla, una pequeña alforja y unos mocasines desgastados mientras aferraba un extraño bastón negro cuya base era una pezuña de antílope labrada en la madera, seguro que hubiese tenido un par de observaciones ingeniosas que hacer.
Eché a caminar apoyándome en el bastón y con cada paso que daba mis zancadas eran cada vez más largas y ligeras. Poco a poco aceleré el paso ya que no me costaba el menor esfuerzo y comencé a correr adentrándome en la selva. Subí una ladera con un desnivel brutal sin apenas alterar mi respiración ni mi ritmo cardíaco. Y comencé a descender. Los saltos que pegaba eran cada vez más altos y más largos hasta que al fin decidí saltar lo más lejos posible.
Me elevé a más de 30 metros del suelo preso de una inmensa alegría y un minuto después comenzaba a descender vertiginosamente hacia el suelo. Veía aproximarse las copas de los árboles y me preguntaba como iba a aterrizar con curiosidad, como sabiendo que no me iba a pasar nada malo.
Seguí descendiendo y mi caída se desaceleró bruscamente y levitando suavemente, mis pies tocaron el suelo otra vez.
Miré el camino y miré al bastón que me había regalado el brujo.
Sonreí.
En la próxima visita les contaría la mejor historia de su vida.
Y en ese momento me despierto.

domingo 7 de junio de 2009

Fiesta en Riazor

Acababa de tomar otra caña y ya estaba por entonces soltando más disparates de lo que en mi es habitual. Caminar en estas condiciones por el riazor coruñés era más que una aventura. Paz no estaba mucho mejor y se bamboleaba de un lado a otro cual eucalipto mecido por el viento. Veigueman no dejaba de simular una especie de baile tropical anárquico más digno de un esquizofrénico que de otra cosa. Mientras tanto el Toca comentaba a voz en grito aquello de "sólo los borrachos y los niños dicen la verdad, ¿sabes?" Una pena que la farola con la que conversaba le importara un bledo aquella sarta de disparates mientras se fijaba con creciente inquietud en un chucho que se acercaba husmeando.
Porto era el único que estaba medianamente bien, y menos mal, porque era el que tenía que llevar a toda esta pandilla a sus respectivos lugares de reposo de borrachera.
-¡Venga hombre! Aún podemos tomar la última copa en algún sitio. ¡No jodáis!-Grité con un volumen más alto de lo habitual, debido al consumo etílico.
-¡No te jode! -Me replicó el toca- Hoy es jueves y mañana algunos tenemos que currar y no coger un avión y dormir la mona como otros. Y no te miento porque como ya sabes "Sólo los borrachos y los..."
-Sí, ya "...los niños dicen la verdad" ya lo he oído unas cuantas veces. -Le contesté- ¿Pero qué más os da si ya estáis todos como cubas? Y mañana estoy seguro de que ninguno de vosotros va a pegar palo al agua.
Paz se paró en seco con la mirada perdida en el océano y todos nos quedamos en silencio. Por nuestras mentes cruzaron en menos de medio segundo varias preguntas:
Toca: "¿Qué mira? ¡Coño! ¡Si tengo 4 manos!" Mientras se miraba las palmas de las manos con preocupación.
Veigueman: "¡Arriba! ¡Arriba! ¡Salsa!" Mientras brincaba alrededor de Paz como una cabra montesa.
Yo: "Es el vino. O la cerveza. O el vodka. O el tequila. ¿Dónde estoy?" Mientras miraba a mi alrededor preocupado.
Porto: "Estou rodeado de borrachos, pero polo menos ríome un pouco" Sin separarse ni un milímetro de su flamante nuevo móvil con el que no dejaba de sacar fotos y grabar video alternativamente.
En ese momento Paz habló. La voz fue tranquila pero firme.
-¡Tanto gilipollas y tan pocas balas! -Sentenció.
Nos quedamos en silencio un momento. El toca miró perplejo a Paz. Veigueman dejó de brincar y se quedó como una estatua. Yo miré con interés a Paz y al océano por si había algún barco lleno de esos gilipollas a quienes quería liquidar. No vi nada.
Hubo un flash. Y la risa de Porto que nos decía amablemente:
-¡Pero que mal estades! ¡Jajajaja!
La risa se acabó contagiando al resto y sin decir ni una sola palabra nos dirigimos al garito más cercano. Todavía no era el momento de la despedida.
Y en ese momento me despierto.

domingo 12 de octubre de 2008

Abierto hasta el amanecer

Llego tarde. He quedado con el Toca y Chao en un tugurio de la ciudad vieja que me ha costado encontrar dos pares de cojones. La puerta del local es vieja y de madera gruesa de roble, con una pequeña mirilla en la parte superior que está cerrada. Justo a su derecha cuelga una pequeña campana dorada. Parece la entrada a un club de los años 20, decadente pero a la vez interesante.
Sin pensármelo toco la campanilla de la entrada varias veces. Poco después se abre la mirilla.
-¿Quién va? -Me preguntó un ojo desde la rendija abierta.
-Un cliente. ¿Quién va a ir? -Le contesté incrédulo.
-¡Vaya! Un listillo, ¿eh? -Me contestó irónicamente.- La entrada está reservada. Si no tienes invitación no puedes pasar. Piérdete enano.
"Lo que me faltaba", pensé. Volví a tocar la campanilla insistentemente.
-¡Que te pierdas enano! -Me vuelve a decir la amistosa voz del interior.
-Lo he intentado pero me conozco todas las calles. ¡Listo! -Le repliqué- He quedado con el Toca aquí dentro así que déjeme pasar de una maldita vez.
-¿Con el Toca? Haberlo dicho antes hombre. Pase. -Me contestó mientras me abría la puerta y conseguía acceder al local.
Bajé por una escalera de caracol de madera tallada mientras echaba un vistazo al lugar. Era tal y como imaginaba. Había una barra antigua gruesa de roble con muchas botellas en sus estanterías y no menos de una docena de mesas de madera, todas llenas de diferentes tipos de bohemios, distribuidas alrededor de un pequeño escenario oculto tras una cortina y el humo de tabaco del ambiente.
Eché un vistazo y localicé al Toca y a Chao en una mesa charlando animadamente. Me acerqué y sin mediar palabra me tiraron dos bolas de papel a la cabeza ante mi incredulidad.
-¡Vaya! Conseguiste entrar. -Se reía el Toca.- ¿Te gustó la broma?
-¡Maldito desgraciado! -Le respondí fingiendo enfado- ¡Ya pensaba que además de no dejarme entrar me iban a dar una paliza! ¡Muy gracioso tío!
Chao no dejaba de llorar de risa y se doblaba cual eucalipto azotado por el viento.
-Y tu deja de reirte. ¿No te da verguenza? -Le dije a Chao.
Lejos de conseguir mi propósito, aumentó el tono de sus risas y por un momento pensé que se iba a partir en dos, aunque conociendo la extrema flexibilidad de esta chica sabía que era imposible.
-Venga siéntate que va a empezar el espectáculo. -Me dijo el Toca.
-¡Vaya! !Qué guay! ¡Y sin pagar entrada! -Dije mientras le pedía una guinnes a un camarero.
-Vas a flipar. -Me dijo.
Antes de que pudiera preguntar por qué iba a flipar, empezó a sonar música al estilo de "Abierto hasta el amanecer" y se levantó el telón. Lo que ví me dejó sin palabras. De pie en medio del escenario se encontraba Paz con un vestido ajustado y con una serpiente enrollada a lo largo del cuerpo. Al ritmo de la música empezó a marcarse un baile digno de Salma Hayeck que nos dejó a todos boquiabiertos. No daba crédito a mis ojos.
Cuando acabó el espectáculo y terminaron los sonoros y abundantes aplausos, se acercó a nuestra mesa y se sentó con nosotros.
-Bueno, ¿os ha gustado? -Nos preguntó tranquilamente como si estuvieramos hablando del tiempo.
-¿Estás bien? ¿Te pasa algo raro? ¿Qué es esto? Estoy flipando. ¡Esto no puede ser! -Le dije al borde de la histeria.
-Tranquilo. Si está todo bien. Lo que pasa es que desde que acabé mi contrato he decido dedicarme a otros negocios. Y oye, tengo que decir que me gusta. -Me contestó sin inmutarse.
Miré al Toca con cara de "esto no puede estar pasando".
-No me mires así tío. Es normal hombre. Ya verás a que me dedico yo ahora.- Dijo mientras se levantaba, se ponía una chistera y salía al escenario con un mazo de cartas.
-¡Señoras y señores les presentamos a la persona más hábil con las manos que hayan visto nunca! ¡El mago Tocamazo! -Anunció una voz por el altavoz.
La boca me llegaba al suelo de la sorpresa. Miré a Chao y Paz, que aplaudían como si fuera lo más normal del mundo.
Y en ese momento me despierto.

sábado 16 de agosto de 2008

El atraco

El final
Mientras el coche rugía sobre el asfalto apreté el botón del radiotransmisor de mi reloj. Miré atrás por última vez. La garra de fuego que surgió furiosa del suelo se llevó por delante el banco central -ahora vacío- los coches de policía y varios blindados lanzándolos hacia el cielo hasta convertirlos en cenizas y cascotes. Eché un vistazo a las bolsas del asiento trasero donde llevaba los lingotes. El brillo del oro y la llamarada de fuego iluminaron mi sonrisa hasta convertirla en una mueca infernal.
Era libre.


El medio

Habíamos conseguido entrar en el banco más importante del país, pero el precio había sido muy alto. Mis dos compinches yacían muertos reventados por varios disparos de las fuerzas especiales, que dejaron sus tripas esparcidas por la pared justo cuando habíamos conseguido establecer dentro del banco un perímetro de seguridad donde nada se podía mover sin salir volando por los aires. Las granadas y la goma 2 ayudaban.
El suelo donde estaba la cámara estaba perforado y ante mi estaba la entrada al depósito.
Fuera comenzaba el tiroteo de nuevo.
-¡Sal con las manos en alto y de esta al menos saldrás vivo hijo de perra! -Me recomendaban amablemente los agentes del orden. Pero ya había llegado demasiado lejos para retroceder.
Coloqué la goma 2 sobre la puerta. Me oculté tras una mesa y junté los cables.
La explosión fue brutal y la puerta se incrustó en el techo del banco en un ángulo imposible.
Alguien intentó abrir la puerta exterior del banco.
Mala idea.
Los disparos de la ametralladora semiautomática cortaron en dos varios cuerpos antes de que alguien diera la orden de retirada.
"¡Idiotas!" -Pensé.
Me colé dentro del depósito y llené mi pequeña bolsa con los lingotes que podía llevarme. No era el momento de ser avaricioso. Para disfrutar de la pasta hay que estar vivo y suelo aplicar el viejo dicho de "vive cada día como si fuera el último" y este, como me descuidara un poco, podría serlo.
Salí de la cámara de seguridad y me colé por la salida que habíamos preparado para la fuga. Todo funcionó como esperaba y 2 km de alcantarillas después estaba sentado en el coche de huida con mi botín.
Arranqué el motor.

El comienzo
-¡Esto es un atraco! -Grité justo después de atravesar la puerta esgrimiendo como argumento mi semiautomática de 30 mm- ¡Todo el mundo al puto suelo sino queréis que lo haga yo cabrones!
Mis dos colegas de atraco establecieron el perímetro de seguridad cerraron las puertas y colocaron, en menos de cinco minutos, las trampas que habíamos diseñado para el especial evento.
Miré de reojo a la entrada del banco justo cuando estaba cerrando la puerta del despacho donde había maniatado a los rehenes.
Una ráfaga de ametralladora de gran calibre reventó los cristales antibalas dándome el tiempo justo para tirarme al suelo. Mis compañeros no tuvieron tanta suerte. Sus cuerpos cortados casi en dos se estrellaron varios metros después contra las ventanillas de atención al cliente del banco.
Me arrastré hasta la entrada de la cámara de seguridad del banco. Ahí estaba mi futuro, y a mi espalda, una muerte segura.

lunes 30 de junio de 2008

A la luz de la luna

-¿Qué miras?- Me preguntó oculta tras aquellos ojos negros inteligentes y curiosos.
-Nada. -Le dije mientras miraba su gracioso flequillo de pelo negro casi tapándole medio rostro. La luz de la luna entraba en el dormitorio y se reflejaba sobre su piel blanca desnuda y todavía húmeda después de hacer el amor. Estaba recostada de lado mirándome con suma curiosidad. Estaba más hermosa que nunca.
-Como siempre esquivando las respuestas que impliquen acercamiento emocional. -Respondió.
-Más o menos. -Respondí un tanto incómodo.
-Otra respuesta esquiva. -Me miró de nuevo desde esos preciosos ojos negros que me estudiaban escrupulosamente. - ¿Sabes que eres muy predecible?
-¿Tú crees? -Dije mientras le acariciaba la cadera.
-Sí chico, sí. Te quiero. Te cuesta decirlo, ¿verdad? -Me replicó- No contestes es pura retórica. Deberías dejar de tener tanto miedo a decir lo que sientes.
-Esto no es fácil guapa, sólo se consigue con años de duro entrenamiento. -Le contesté irónicamente.
-Ahora me sales con tu ironía barata. -Me contestó sonriendo- ¿No te da vergüenza hombre?
-No es fácil cambiar algunas cosas. -Contesté y la besé. -Pero estoy en ello.
Se levantó y se apoyó de espaldas a la ventana abierta a la noche mirándome sonriendo, resplandeciente desnuda bajo la luna. Me sentía afortunado por compartir mi vida con una mujer tan sensual y mucho más inteligente que yo, me gustara o no reconocerlo en mi estúpido orgullo. Me reí de mi mismo mientras no podía desviar la mirada de su figura perfecta. Me miró y sonrió de nuevo con esa sonrisa suya tan enigmática.
-Eres un idiota. ¿Sabías? -Dijo.
-¿Y ahora qué he dicho? -Contesté.
-Tus silencios son muy elocuentes. -Dijo- No tienes secretos para mi querido.
-Pero... -Intenté replicarle.
Se acercó hasta la cama lentamente y puso un dedo sobre mi boca mientras se tumbaba a mi lado.
-Cállate y bésame idiota.
La besé obediente mientras comenzaba a acariciar su cuerpo de nuevo...
Y en ese momento me despierto.