El bastón mágico
Hacía un sol abrasador pero ya me había acostumbrado al calor seco de África que era, a pesar de todo, mucho más soportable que el húmedo calor europeo.
Caminaba a paso firme y seguro hacía la salida de la tribu. Como siempre que me iba, la gente me sonreía al pasar y los niños me cogían de la mano esperando que les contara alguna historia de aquellas lejanas tierras del norte de las que procedía.
Sonreí y saludé de nuevo a modo de despedida al brujo de la tribu, del que no puedo decir que comprendiera todo lo que hacía, pero que sin duda alguna, algo tenía en su mirada clara y serena que siempre me hacía sentir incómodo, como si no hubiese ninguna cortina entre su mente y la mía. La frase de "todo el mundo oculta algo" parecía no tener significado para este hombre de sonrisa enigmática.
-Toma este bastón.-Me había dicho un minuto antes- Te ayudará al caminar y te hará ver que el camino es el comienzo de tu destino. Camina y el mundo se abrirá a tus pies.
Había dicho esto último con un extraño brillo en los ojos antes de despedirse. Nunca antes lo había visto así.
Crucé el cierre de barro de la tribu y me paré un segundo. Miré mis mocasines de búfalo desgastados de caminar, ajusté la correa de mi alforja que cruzaba mi pecho desnudo y tostado al sol después de meses viviendo en África y sonreí para mis adentros. Si alguien de occidente viese a un blanco con barba, moreno por el sol, cuya única vestimenta era una especie de taparrabos con algunas piezas de cuero que cubrían media pantorrilla, una pequeña alforja y unos mocasines desgastados mientras aferraba un extraño bastón negro cuya base era una pezuña de antílope labrada en la madera, seguro que hubiese tenido un par de observaciones ingeniosas que hacer.
Eché a caminar apoyándome en el bastón y con cada paso que daba mis zancadas eran cada vez más largas y ligeras. Poco a poco aceleré el paso ya que no me costaba el menor esfuerzo y comencé a correr adentrándome en la selva. Subí una ladera con un desnivel brutal sin apenas alterar mi respiración ni mi ritmo cardíaco. Y comencé a descender. Los saltos que pegaba eran cada vez más altos y más largos hasta que al fin decidí saltar lo más lejos posible.
Me elevé a más de 30 metros del suelo preso de una inmensa alegría y un minuto después comenzaba a descender vertiginosamente hacia el suelo. Veía aproximarse las copas de los árboles y me preguntaba como iba a aterrizar con curiosidad, como sabiendo que no me iba a pasar nada malo.
Seguí descendiendo y mi caída se desaceleró bruscamente y levitando suavemente, mis pies tocaron el suelo otra vez.
Miré el camino y miré al bastón que me había regalado el brujo.
Sonreí.
En la próxima visita les contaría la mejor historia de su vida.
Y en ese momento me despierto.


